Según el escritor Marcos Aguinis, la viveza criolla es un sello indeleble de nuestra sociedad. Como si fuera la huella digital de la Argentina. "Para el vivo, la honestidad es una palabra hueca, ingenua, arcaica. Los demás seres humanos no existen para ayudar. Son enemigos potenciales", dice en su libro "El atroz encanto de ser argentino". Y tiene razón. Porque si existe algo claro en nuestra sociedad es justamente el ejercicio de la viveza criolla. Es más, está tan arraigada, que hasta la consideramos un don. ¡Vaya paradoja! Hoy es común vanagloriarse de comer gratis un asado, de no pagar la entrada a un partido de fútbol, de hurtar el cenicero de un bar, o de pavonearse con la prebenda de un amigo político. Actitudes que popularizaron Isidoro Cañones, el inolvidable padrino de Patoruzú, o el Viejo Vizcacha, personaje del "Martín Fierro" que enseñaba las bases de una política despojada de ética. Sin raspar demasiado la cáscara de nuestra sociedad, podríamos decir que mucho no se avanzó. Seguimos siendo vivos y sintiéndonos orgullosos de ello.